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El pillo y el desconocido.

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El pillo y el desconocido.

Mensaje por Caballero Desconocido el Miér Jul 03, 2013 10:26 am

El pillo y el Desconocido I



Desde muy pequeño aprendí a bucear, no porque se me diera bien, sino porque mi padre era pescador. A la edad de nueve años una tormenta cogió a mi viejo entre Marcaderiva y Roca Dragón, tres vieron al barco hundirse y ninguno le hizo caso. ¿Que como lo sé? Porque yo iba a bordo de uno de ellos. Ser pescador, hijo de un borracho y trabajar desde la hora de los gallos a la del ocaso para que los nobles se meen en tu pescado no suele motivar mucho a un niño soñador. Así que me fui, sin nota ni aviso a quién me cuidó cuando mi madre se fue para hacerse puta o septa o algo de eso. Empaqué dos panes mientras mi padre se dejaba las manos contra las olas, algunas mantas y me metí con la picaresca de los de mi barrio en un mercante propiedad de un noble que vestía rojo y azul. Preveía un mundo de aventuras lejos para siempre del lecho de pulgas, del olor a mierda, del destino de mierda que nos aguardaba a todos allí.

Finalmente el barco tuvo que volver a la Capital, quién es del lecho de pulgas está para siempre cogido por las pelotas de Maegor el cruel, o al menos eso dicen. Me descubrieron cuando salté del barco a la llegada a los muelles y un par de flechas me habrían puesto los pendientes en la gola de no ser porque los tenía empleados nadando. Así que sin padre ni pan volví corriendo a mi casa en la esquina de los mendigos bravoosies y descubrir, no con mucho júbilo que digamos, que los muy canallas se hallaban desvalijando la casa y me azuzaban con palos. En los barrios bajos de Desembarco del Rey todos lo saben, la solidaridad brilla por su ausencia, con tantas guerras y tantos muertos el que se llevaba a la boca una rata era afortunado. Sucio y con hambre lloré frente a la puerta del lodazal hasta que no pude más, es decir, hasta que me echaron los capas doradas por ser niño y seguramente porque les salía del faldar. La historia que ahora cuento y la que nos ocupa no aconteció a esa tierna edad, en la que tuve que aprender a robar a otros más jóvenes o más femeninos que yo, en la que junto a mis compañeros de tierna supervivencia y diversión, bastardos sin padre todos, hacíamos escapadas a los jardines de palacio jugándonos la mano derecha por alcanzar los frutales de la clase nobiliaria. Vivo de ingenio como era fui de los que no pillaron, por ventura o habilidad, Desembarco me ayudó a vivir mientras me jodía y a otros los mataba.

Tres años después de darme libertad de alma y culto propio, con doce días del nombre, el destino me otorgó una oportunidad extraña sin duda alguna. La magnitud de los acontecimientos que engalanaban el gran torneo de la fe, adalid del homenaje a los Siete Dioses, cambiaría mi vida para siempre.

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Ahora soy ya viejo y la mayoría sobre los que cuento en esta historia están muertos. Ahora poniente se rige por las mismas normas, solo cambian los colores, mueren los ancianos y nacen los jóvenes. Ahora las cosas son diferentes, se leer y escribir y aprendí a matar y amar, sobre todo lo último. El amor, vasta esquirla anclada siempre en los libros, es la joya y estrella de toda persona, que por perder perdió hasta el alma y luchó por recuperarla a base de sudor y oportunidad. Que si bien no encontré el amor en las formas idílicas si lo encontré en lo que me salió de los calzones y me cagué en lo demás. Con perdón de todas las sagradas fes a las que no serví nunca, fui libre y fui feliz y el recuerdo del día donde todo empezó me da fuerzas para encarar la muerte.

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Trompetas y blasones, casas, bardos y jolgorio. Una cruenta guerra, los recursos del continente mermados por doquier y los pobres más pobres a costa de unos ricos muertos y otros más ricos y vivos. A nosotros nos importaba una mierda, todas nuestras cortas vidas rebozados en el lodo y las peleas callejeras por pan y pescado que ver desfilar a los caballeros desde las puertas hasta la liza, el venir de caballeros de todos los colores y enseñas era un espectáculo. Los envidiábamos por ser ricos, tener caballos y armaduras caras y qué demonios, al menos su visión y la imaginación que de nosotros volaba al conquistar un castillo aclamados y engalanados en sedas y vino nos hacía soñar...

Entonces lo ví, mis amigos se fijaron en otros caballeros, con su corte a cuestas y sus mujeres, sus bordados en oro y malva fina. Ascendía la pendiente solo, montado en un penco de la clase media equina y cargado hasta arriba. Un simple tabardo negro con una cruz blanca pintada hacía poco. Las ropas oscuras y raídas, marrones y tonos azules o rojos se hallaban desvirtuados por el uso del tiempo, oscurecidos por la mugre. Su armadura... era otro cantar. Probado acero por lo que ahora sé pero entonces no sabía, yo lo veía gastado y con muchos rasguños, pero sólo las buenas armaduras son así. El acorazado caballero, de los pies a cabeza hacía avanzar a su montura sin prisa, observando en derredor tras aquel yelmo que ocultaba su rostro, noble o no. Su porte era distinto al de los demás, en vez de saludar o mover la mano hacia las damas se mostraba relajado y tranquilo, como un joven soldado bisoño, repletas las alforjas de bultos que evidenciaban armas, víveres y los dioses saben qué más. Peete El piedra decía que no veía por mi culpa y me hizo caer de la valla en la que me apoyaba sin tiempo a réplica y a traición para aposentar su gordo culo. Al parecer lo hizo cuando nuestro desconocido amigo pasaba por delante, pero de aquello me di cuenta después. Un gran error, el gordo Peete era más mayor y más fuerte que yo y casi tenía entonces la estatura de un hombre, así que me vi obligado por la justicia divina de la proporcionalidad a coger dos elementos antiguos. La piedra le golpeó en la espalda, no se si en el hueso o no, no iba a preguntarle, pero le hizo daño y se giró hecho una furia, claro que eso era lo que yo quería con mis manos ocultando mi baza a la espalda. Cuando corrió hacia mí gritando, el tumultó cambió su atención justo a tiempo de ver como me agachaba y hacía caer a mi compadre tras incrustarle un sendo palazo en la espinilla. Y ya se sabe, gordo que corre y cae... se hace daño.

-Críos de mierda.- Los asistentes pasaron de nuevo de nuestros sucios rostros y siguieron atentos a la tonelada de colorines que alborotaban la calle principal, pero él paro a su caballo. Vi su cúbico yelmo girarse hacia mí y la espada larga que portaba al cinto balancearse. El sonido contundente de las botas de metal hendió el pavimento y la gente se hizo a un lado. Dio dos pasos y sin cruzar la valla me miró fijamente. El acero del casco hacía su voz indeterminada y le daba un aire de respeto dada la inexpresividad de la máscara marcial. Jamás olvidaré sus palabras.

-¿Quieres ser mi escudero?-



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