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Irrfan y Kaliya [Las Marcas]

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Irrfan y Kaliya [Las Marcas]

Mensaje por Persefone Caron el Mar Jun 04, 2013 8:08 pm

Es sabido que la costumbre igualitaria entre hombres y mujeres en Dorne nace de las leyes de los Rhoynar, que llegaron a Poniente comandados por su reina Nymeria, exiliados desde el otro lado del Mar Angosto, y lograron imponerse entre los habitantes de su nueva tierra. Sin embargo, en las Montañas Rojas se cuenta una leyenda fantasiosa para los niños sobre porque en Dorne las mujeres gozan de mayores libertades que en el resto de los reinos.

Cuenta la leyenda, que el Príncipe de Dorne andaba preocupado y hastiado. No encontraba la paz en su propia Casa, y es que rodeado de una mujer y varias hijas, su hogar era una lucha constante. Además, no tenía ningún varón con el que compensar la fuerza femenina de su señora y sus hijas. Le exigían mil cosas, gritaban, y si no se peleaban con él, se peleaban entre ellas.

Añadiendo tribulaciones a una mañana llena de exigencias extrañas e incoherentes por parte de sus hijas, uno de sus hombres le comunicó que habían encontrado a un joven bañándose en el río que el Príncipe había declarado vedado. Incumplir aquello se castigaba con la muerte, pero el muchacho era muy joven, y venía de lejos, de las Montañas Rojas. El Príncipe quiso apiadarse, y le preguntó al joven, al que habían llevado ante su presencia, si estaba dispuesto a hacer un trabajo en su nombre. En realidad el trabajo era una excusa para no perdonarle la vida sin más y parecer blando o fútil ante los ojos de sus hombres. El muchacho, que tenía en alta estima su vida, aceptó sin preguntar de qué se trataba.

-Decís ser de las Montañas Rojas, y sus gentes se jactan de ser astutos y dispuestos. Tengo una duda que me corroe desde hace tiempo, y es que vivo solo con mi esposa y mis siete hijas. Sufro más guerras en casa que cuando parto a la batalla, y por eso os pido, que en el plazo de un año y por vuestro honor, averigüéis en mi nombre qué es lo que desean las mujeres. He preguntado a sabios y a villanos, y nadie ha sabido darme una respuesta única y concreta -Explicó el Príncipe, que en el fondo no esperaba que el muchacho pudiese hallar con la solución a su problema y que solo buscaba una excusa para dejarlo marchar.

-Así lo haré, y en el plazo de un año volveré para pagaros vuestra piedad con una respuesta o con mi cabeza.

El muchacho, de nombre Irrfan, marchó esperanzado de vuelta a sus tierras en las Montañas Rojas, donde era heredero de una pequeña familia de mercaderes. Estaba convencido de que hallar esa respuesta no podía ser tan difícil, sobre todo, con un año entero de plazo. Preguntó a cuanta mujer que encontró, pero cada una le contestaba una cosa distinta, y eso lo confundía. Además, para colmo de males, su padre falleció unos pocos meses después, e Irrfan tuvo que dejar apartado su búsqueda de respuestas por poner en orden sus asuntos familiares.

Cuando ya faltaban pocos meses para que se cumpliera el plazo, desesperado, recurrió a su madre y le contó lo que le había pasado. Ella, sopesándolo un instante, le aconsejó que visitara la gruta de la montaña que daba sombra a su hogar, pues allí residía una anciana y sabia mujer, que llevaba viva muchas generaciones y atesoraba un gran conocimiento y un gran poder.

Sin perder un día más, Irrfan se apresuró en marchar a la gruta, y allí encontró a la anciana Kaliya, desmadejada, cubierta con una túnica raída y remendada con lo que parecían telas de araña, con el pelo cano y ralo, enmarañado en nidos de picaraza, la piel de pergamino arrugada y manchada, los ojos lechosos y medio ciegos y un solo diente que le bailaba en la boca a cada respiración.

-Habéis venido por fin a verme, joven Irrfan, os esperaba desde hace mucho -Dijo la vieja bruja, con voz temblorosa y estridente.

-He venido para preguntaros algo, sabia Kaliya -El pobre Irrfan se esforzaba en respirar por la boca, pues había algo en aquella oscura caverna que olía a muerto.

-Lo sé. Y vos sabéis que mi respuesta no será de balde, tendréis que darme algo a cambio -Le advirtió la anciana, sonriendo con su único diente.

-Estoy dispuesto a pagar lo que sea, hice una promesa al Príncipe, y por mi honor, la cumpliré -Se comprometió el orgulloso Irrfan, sin percatarse de lo peligrosas que podían tornarse sus propias palabras.

-Está bien, preguntadme pues -Asintió la bruja, frotándose sus ásperas y envejecidas manos, de uñas largas y curvadas.

-¿Qué desean las mujeres? -El silencio se hizo pesado, y el joven tragó saliva, con la sensación de que se le iba a revelar el mayor de los secretos.

-Es muy sencillo. En realidad, todos deseamos lo mismo... Las mujeres desean ser dueñas de sus destinos, joven Irrfan -La contestación de la bruja era tan simple que dejó sin aire al muchacho. Tenía sentido, pues todas las respuestas que había recibido Irrfan hasta entonces eran diferentes, pero sí, todas parecían coincidir en aquello. Loco de contento pues ya tenía la respuesta, Irrfan se puso en pie dispuesto a salir a la carrera a contarle el descubrimiento al Príncipe -¡Esperad, muchacho! Prometisteis compensarme -Le recordó la anciana cuando Irrfan ya corría hacia la salida de la cueva. Él se volvió para mirar a la anciana decrépita sin perder la sonrisa.

-¡Claro! Decidme que demandáis...

-Demando que me desposéis -La petición de la anciana golpeó a Irrfan con tanta fuerza que se sintió mareado y tuvo que apoyarse en una roca. Su mente buscó mil formas de escapar a la promesa que había hecho, pero de nuevo, había comprometido su honor, y por ello, y para no despertar las iras de aquella bruja, no le quedó más remedio que aceptar aquello y acceder a casarse con la vieja Kaliya antes de marchar para informar al Príncipe.

Quien más se disgustó fue su madre, apenada por ver a su único hijo y heredero de su familia atado a una bruja desmadejada y con olor a muerto que no podría darle más que disgustos, pues lo de que pudiera darle herederos estaba totalmente descartado desde lejos.
La boda se preparó en pocos días, ya que nadie tenía ganas de celebrar nada por todo lo alto. Por mucho que la madre de Irrfan se esforzó por dejar lo más presentable posible a la novia, seguía siendo terrible verla envuelta en sedas y linos. Trataron de minimizar la impresión cubriéndole la cabeza con un velo, pero seguía resultando demasiado desagradable, y el pobre Irrfan y su madre solo podían maldecir a la suerte.

Tras la ceremonia, en el banquete, todos los invitados compadecieron a Irrfan, y se podría decir que lo único que llegó a la mesa del novio fueron copas y copas de vino, enviadas por los presentes acompañadas de sus más sentidas condolencias por la mala fortuna del joven. Mientras él bebía y bebía, la anciana Kaliya trataba de masticar el asado con su único diente bueno, haciendo ruidos horribles al masticar y poniendo los pelos de punta a todos cuantos paraban, por algún accidente, la vista en ella.

Cuando llegó la hora de encamarse, Irrfan llegó primero a las estancias y apuró una copa más tratando de terminar de perder la conciencia. Se dejó caer en el lecho, tratando de despertar de aquella pesadilla. Dio un respingo cuando la puerta se abrió, pero no quiso mirar a quien había entrado.

Se hizo el silencio y los instantes pasaron, y al final, Irrfan se obligó a girar el rostro para mirar. Una hermosa joven de piel blanca y cabellos negros le devolvió la mirada con unos brillantes ojos verdes que lo dejaron sin aliento. Quizá por la impresión o por el vino, Irrfan tardó en reaccionar. Se sentó lentamente en la cama, sin poder apartar los ojos de aquella bella mujer.

-¿Qué hacéis aquí? -Preguntó, desconcertado.

-¿No me esperabais, esposo? -Preguntó la mujer, aproximándose lentamente a él y trayendo consigo un olor tomillo y menta. Irrfan parpadeó, atónito.

-Vos... -¿Tanto había bebido? Irrfan se pasó las manos por la cara y se frotó los ojos. Al volver a abrirlos la hermosa mujer seguía ahí, plantada junto a él. Ante el pasmo del joven, la mujer soltó una sonora y musical carcajada, y sus dientes brillaron como perlas bajo la luna.

-Puedo elegir y mostrarme como una anciana horrenda o como una doncella hermosa. Para premiar vuestra bondad al cumplir vuestra palabra y desposarme, he decidido aparecerme ante vos en esta forma, segura de que os complacería más -Dijo la preciosa Kaliya, sentándose junto a su esposo en el lecho -Además, tengo una oferta que haceros. Por haber sido fiel a vuestro honor en todo momento y no haberme rechazado cuando me mostré ante vos como una vieja decrépita, os doy a elegir si deseáis que me muestre joven durante el día o si me preferís así por la noche.

Irrfan volvió a guardar silencio, tratando de pensar con claridad pese al vino y la presión. Por un lado, deseaba que Kaliya se mostrara hermosa por el día, así su madre podría ver que se había casado con una mujer hermosa y joven, capaz de darle hijos... Así podría borrar de un plumazo la lástima que todos habían sentido por él durante la boda... Así podría despertar la envidia de muchos hombres... Pero eso significaba tener que pasar las noches junto a la anciana decrépita. Lo pensó durante largo rato, y entonces, volvió a su mente como un fogonazo el mismo consejo que Kaliya le había dado en la cueva. Se volvió para mirarla y le sonrió. Pues aunque era una bruja, no dejaba de ser mujer, y las mujeres lo que desean es ser dueñas de sus destinos.

-Querida, escoged vos -Sentenció.

Aquello hizo que Kaliya riera de nuevo con fuerza.

-Me habéis dado la mejor respuesta de todas, y por vuestra gentileza, me mostraré con esta apariencia día y noche -Prometió ella, sonriente. Tras pasar la velada con su bella esposa, Irrfan partió para reunirse con el Príncipe, y antes de que se hubiese cumplido el plazo, pudo rebelarle que es lo que verdaderamente desean las mujeres. Así, el Príncipe solucionó sus problemas con sus hijas y su esposa, e Irrfan volvió a su hogar, que creció prospero y fuerte, amparado por la magia y la sabiduría de la hermosa Kaliya.
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