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Este foro está basado en la saga de George R.R. Martin titulada "Canción de Hielo y Fuego", además sacamos contenido de diversas webs relacionadas como Asshai.com o de Hielo y Fuego Wikia. También traducimos expresamente artículos relacionados de Westeros.org para utilizarlos en Valar Morghulis. Los gráficos, plantillas, reglas y personajes cannon fueron creados por los miembros del Staff por lo que poseemos derechos reservados. No intentes plagiar o tomar algo sin habernos notificado o nos veremos forzados a tomar las medidas necesarias y a efectuar las denuncias correspondientes a Foroactivo.

Velas negras, aguas rojas.

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Velas negras, aguas rojas.

Mensaje por Harrald Greyjoy el Dom Mar 17, 2013 4:20 pm

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Una flota de más de doscientos barcos provenientes de las Islas del Hierro. Velas negras, oro sobre azabache, fuego en la mortecina oscuridad del mar hasta unas horas antes del amanecer. Así fue como vieron llegar en las Islas escudo a la flota que les haría rezar a los Siete como nunca antes en su vida. Todos los cuentos que contaran las matronas y amas de cría a los niños cobraban ahora sentido en éstos ya convertidos en adultos, pero algo no había cambiado. Seguían sintiendo el mismo miedo que de niños. El pánico no tardó en apoderarse de la pacifica población. No ocurrió así con sus líderes. Lord Serry, Lord Hewwet y el hijo de Lord Chester ya estaban en sus respectivos puertos organizando una flota que saliera al paso de los invasores para defender sus hogares contra los monstruos que cabalgaban ahora sobre las olas como demonios llevados por la bruma.

----------------------------

-Señor Hapkins. Prepare las banderas. Mi sobrino y su escuadra de Barcoluengos tienen orden de impedir que la flota enemiga huya, sus treinta barcos se situarán por detrás del enemigo. Harley dirigirá la carga por el flanco desde su galeón guiando a las galeras. Nosotros seremos la fuerza de choque. Indica al Farwynd que nos siga...

Harrald estaba sobre la proa del barco, observando la situación. Eran superiores en número, experiencia y habilidad. Contaban con el factor sorpresa y sus enemigos estaban aterrados, sin duda. ¿Por qué entonces salían al paso para defender sus hogares en lugar de huir con sus familias? Solo había una respuesta a esa pregunta en la mente de Harrald.

-Magnifico valor...

Hombres valientes que se enfrentarán a la muerte para proteger su hogar. Le recordaban un poco a los hombres del Hierro. Sus enemigos eran valientes, sin duda... Pero hay que saber reconocer una batalla perdida, sobre todo cuando gozas del privilegio de no ser un hombre del hierro... pues no te colgarán por cobarde en las tierras verdes si huyes de una batalla perdida de antemano.

-Hijos del Hierro. Nuestros enemigos muestran valor y orgullo al salir a enfrentarse a nosotros en vez de huir... ¿Qué hemos de hacer?

-¡¡RECOMPENSARLES!!- Gritaron los hombres del Leviatán al unísono. Eran los hermanos de Harrald, sabían qué decir antes de cada batalla, y aunque esta fuera una de las más grandes de sus vidas, el protocolo era el mismo.

-Recompensemos su valor luchando como nunca antes y siendo enemigos dignos que envíen a sus victimas a los salones del Ahogado. Se merecen nuestro respeto, así que mostradles el respeto del Hierro. Han elegido luchar, dadles una muerte digna de guerreros.

Los hombres vitorearon y a lo lejos se oía que los demás capitanes de cada barco hacían lo propio con sus tripulaciones. Era el momento de matar enemigos y alzarse con la gloria... Esta sería la primera victoria de muchas en esta guerra. El Ahogado estaba con ellos.

Harrald se puso al mando del timón de la nave. El señor Hapkins estaba a su lado, esperando órdenes pero afilando sus cuchillos largos. Una forma extraña de lucha la del Señor Hapkins, pero mortalmente efectiva... Nadie podría negarlo jamás.

-¿Está listo, Señor Hapkins? Hoy puede ser un gran día...

-Hoy tenía la esperanza de desembarcar tranquilamente y encontrarme las islas vacías capitán...

-Bueno, no nos hemos vestido así para nada.

Los que estaban cerca rieron. Iban todos con sus armaduras puestas. Así luchaban los hombres del Hierro en alta mar y en tierra. Siempre con armadura, siempre preparados para matar y morir.

------------------------------------------

La colisión de las flotas fue brutal. Cerca de trescientos barcos, sumidos en pleno caos marítimo. Los galeones atacaron al centro de la flota enemiga, hundiendo barcos a diestro y siniestro con sus espolones. Aquellos que no eran alcanzados por estás armas, caían presa de las flechas o de los abordajes. Cuando toda la formación defensiva de la flota de las Escudo quedó dispersada por la arrolladora potencia de la flota del Hierro, se pudo observar como evolucionaban los combates singulares entre cada embarcación, pues las tripulaciones abordaban los barcos enemigos sin cuartel.

-Capitán. Sin Padre está atacando los buques insignia de la flota enemiga- informó el Señor Hapkins.

Harrald prestó entonces atención hacia donde le indicaba su segundo al mando. Harley, en su galeón, seguido por varias galeras y barcoluengos realizaba el abordaje de esas dos magnificas embarcaciones. Si conseguía tomarlas serían un buen trofeo para la flota del Hierro. No tuvo mucho más tiempo para mirar hacia otro lado que no fuera el abordaje al barco enemigo. Harrald, siguiendo su costumbre, fue el primero de su tripulación en bajar. El barco tenía la bandera de los Chester.

Para recibirle en el ataque, el primero que se lanzó fue un noble joven. Pelo negro y ojos furiosos... Un buen muchacho. Alguno de los hombres del barco gritó sin pensar: "¡No, milord!". Ahá... Lord Chester, o el heredero. Alguien importante... una presa que sería útil mantener con vida.

Luchó bien, pero le faltaba experiencia. Los hombres del Chester también pelearon con valor, y fueron recompensados por ello con una gran muerte, digna de los mejores guerreros. pronto, solo quedaban luchando Harrald y el joven Chester.

-Te mataré... ¡Monstruo!- gritó desquiciado el pobre infeliz.

-Si ese es tu destino... - respondió Harrald con seriedad.

Harrald pensó que ya había durado suficiente todo aquel paripé. El mucho había luchado bien, salvaría su orgullo si es que podía conservar la vida al ser su prisionero... Si salía vivo de las mazmorras de los hombres del Hierro, regresaría como un héroe a las tierras que fuesen.

El Greyjoy desarmó tras un duro golpe en la muñeca del muchacho con su guante de hierro, colocando entonces su espada en el cuello del joven. Golpeó entonces con fuerza la boca del estómago del noble, que no superaría los veinte años de edad. Cayó inconsciente casi al instante. Harrald se alejó de él, preparado para volver al Leviatán.

-Cachalote, dirige este barco, que se queden contigo otros diez. Señor Hapkins... Que lleven al joven Chester hasta las bodegas del Leviatán, al menos hasta que podamos tener unas mazmorras decentes... Y por el Ahogado, esta vez que no se le olvide a Greg ponerle bien los grilletes... No quiero que nadie tenga que saltar a buscar al pobre infeliz en el agua.

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Re: Velas negras, aguas rojas.

Mensaje por Axel Greyjoy el Dom Mar 17, 2013 5:52 pm

Ah, sal, miedo y acero. Reí desde la proa de la Sonrisa, alzando los brazos.- ¡Oh, tú, padre de todos, poderoso eres y satisfecho quedarás al caer la noche, pues quienes no hemos renegado del mar siempre vencerán en su elemento! ¡Vamos, ya llegamos a las Escudo!- Comencé a increpar a mis hombres, mientras Aygon daba ron y sal a los tripulantes. El ron, por supuesto, era mucho más abundante. Todos los de la Sonrisa atacábamos siempre en estado de embriaguez.

- ¡Aaron! ¡Que todo el regimiento avance, quitad lastre, tenemos que rodear a esos maricones y darles bien por el culo! ¡Por el Ahogado!- Reí, pletórico, mientras avanzaba con rapidez por la cubierta, donde los hombres se afanaban por sacar los remos. Saqué mi lente myriense para ver a los demás reyes de mi zona, e hice que uno de mis tripulantes les hiciera señas para que me siguieran. Cuando todos comenzaron a usar los remos, me metí en el camarote a prepararme. Me puse la cota de malla, una pieza pesada con muchas anillas verdes en los laterales, brazales, grebas, peto y espaldar y hombreras. La armadura estaba adornada con motivos marinos; un kraken en el pecho y algas esculpidas en los brazos y el final de ésta. Luego me coloqué mi túnica sobre toda la indumentaria; no era cuestión abandonar todo mi atuendo por el acero, y me la había probado antes de salir de Pyke y en conjunto me daba un porte más majestuoso.

Cogí el yelmo de mi mesilla y lo dejé sobre mi hombro, una buena pieza de acero con los tentáculos de un kraken saliendo de los ojos. Con la tizona a la izquierda y el hacha de guerra a la derecha, asentí satisfecho antes de salir a cubierta. Los hombres también se habían vestido, aunque gran parte de su indumentaria eran cotas de malla, cascos o pesados jubones de cuero de foca... Sonreí, asintiendo.
- Mucho tiempo hacía desde que las Islas no se alzaban orgullosas contra todos sus enemigos. ¡Hoy, recordadlo, comienza de nuevo nuestra época de oro! ¡Volveremos a dominar todos los lugares en los que se escuche el rumor de las olas, y nuestra gloria no conocerá precedente en la historia de la humanidad! O moriremos en el intento, y disfrutaremos igualmente de la gloria en el palacio submarino del Dios.- Me encogí de hombros y los hombres rieron.- ¡Traedme más ron! ¡Aún sigo sobrio, malditos capullos!- Me senté en una banqueta a beber mientras los barcos continuaban su imparable avance hacia la retaguardia enemiga. Un cuervo llegó a la Sonrisa, con un mensaje del Leviatán. Lo leí despacio, no acostumbraba a leer, y me incorporé, derramando el ron, con los ojos como platos.

- ¡Hemos vencido! ¡Se retiran!- Los hombres se alzaron en sus puestos, riendo y gritando.- ¡Vienen hacia una trampa, los estaremos esperando ya, avante toda!- Decía algo de Pyke o así, pero no le presté atención. Pronto estuvimos muy, muy cerca de los restos de la flota del Dominio, y sonreí.- ¡Maestre! ¿Cuál es esa bandera?- Grité a un hombre desaliñado y medio calvo. No era maestre, pero sí leía mucho; sabía bastante de heráldica.- Casa Serry, mi señor. Rosa de plata sobre un escudo de gules sobre plata, con una frontera fortificada de...

- Ya cállate, me la suda. ¡Que nadie toque a Lord Serry!- Rugí, poniéndome el casco.- ¡Aaron, a mi diestra!¡Aygon, a mi izquierda!- Volví a gritar, cogiendo mi pesado escudo con el kraken.- ¡Urryk! ¡Disparad!- El interpelado dejó el remo y cogió el arco, ordenando a su pequeño grupo de arqueros que se prepararan y fueron a proa, mientras el viejo Maestre luchaba contra el timón.- ¡Lo que está muerto no puede morir!- Desenvainé la espada y cogí el hacha con la mano del escudo, y cuando estuvimos borda con borda, salté. El primero fue un tipo que trató de ir de listo, interponiéndose entre ambos con un venablo corto. Lo detuve con el escudo y le abrí la garganta tras apartar la lanza de un codazo. No notaba que gritara como un descosido, un poseso, mientras comenzaba a girar, tratando de matar a quien pudiera. Un arquero trató de abatirme, pero me salvó el escudo de Aaron justo a tiempo. Reí, babeando bajo el yelmo, y miré a mi alrededor, viendo a Lord Serry, luchando con su armadura.- ¡Tú!¡Eres mío!- Mi voz resonó sobre la refriega, mientras me acercaba corriendo al que a todas luces sería el lord.
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Re: Velas negras, aguas rojas.

Mensaje por Harley Pyke el Lun Mar 18, 2013 3:25 pm

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-¡Guardad los remos, poneos las armaduras y encomendaos al Ahogado! -rugió Harley.

Ya podían distinguir la flota enemiga en la distancia, pese a la poca luz que proporcionaban la luna y las estrellas. Era el momento de prepararse para la batalla, y en la Bastarda todos sabían bien qué hacer. El músico de a bordo hizo tronar los tambores durante algo menos de un minuto; era la señal para que las demás naves bajo el mando de Harley siguieran el ejemplo de los tripulantes de la galera y se prepararan.

Los demás piratas sacaron los remos del agua y los apilaron en la bodega, para que no se hicieran trizas en las inevitables colisiones, y sacaron de los cofres que usaban como asiento una variopinta colección de armaduras. Harley agarró por la oreja a Dyk cuando pasaba corriendo por su lado, el chaval de Puerto Noble que se había enrolado hacía solo un par de días, y lo arrastró a su camarote. Abrió el cofre, le señaló las piezas de su armadura y lo soltó al fin. Frotándose la oreja, musitó un asentimiento reticente y empezó a ponerle las placas, atarlas y ajustarlas bajo sus órdenes. Para Harley era tan imposible ponérsela solo como quitársela solo.

Cuando terminaron, le dio un pescozón a modo de agradecimiento y le dejó irse. Sacó del arcón dos cuchillos que se guardó en la espinillera, y un puñal y un hacha de mano que fueron a parar al cinto; se ató un gran escudo redondo de madera a la espalda, se colgó un cuerno del cuello y sacó del paño que la envolvía su hacha larga, recién afilada. Antes de ponerse el yelmo aún le quedaba una cosa más que hacer; extrajo del fondo del arcón una cajita con una sustancia alquímica de fuerte olor, espesa y negra como la noche, hundió los dedos en ella y cerró los ojos para extenderla generosamente por sus cuencas oculares. Hacía que sus ojos parecieran brillar en el centro de un pozo de negrura infernal; era una vieja costumbre que servía para intimidar a los enemigos o, al menos, para darle suerte en combate.

Cuando salió de nuevo ya se podía distinguir claramente la forma de las naves enemigas, que parecían salir a su encuentro. Harley golpeó con fuerza el mango del hacha contra el escudo que descansaba en su espalda; sus hombres le imitaron, y pronto toda su escuadra de galeras estaba chocando las armas contra los escudos, provocando un estruendo ensordecedor que los marineros de las tierras verdes oirían sin dificultad. "Y que les pondrá los huevos en la garganta". Tras un par de minutos, paró y empezó a gritar órdenes, para que la Bastarda encarara a su primera presa y surcara las aguas hacia ella a toda velocidad arrastrada por el viento. Era uno de los dos dromones de la flota de las Escudo, y era de esperar que estaría lleno de soldados fuertemente armados. Harley tenía la costumbre pirata de encarar siempre al mejor barco que veía; eran las mejores presas.

-¡Hijos del Hierro; hoy todos acabaremos bebiendo y follando, en las Escudo o en los Salones del Dios Ahogado! ¡Pero mejor si es en las Escudo, así que no os dejéis matar! -arengó, o más bien recordó, a su tripulación con concisión. Eran expertos en estas lides; no necesitaban ningún discurso inspirador para desempeñar su trabajo- ¡Coged los garfios!

Harley agarró el cuerno, se lo llevó a los labios y dio tres toques largos; era la señal para que su escuadra les siguiera en el ataque. Dos toques significaban que había que poner fin al ataque y reagruparse, y un toque que iban a matarlos y necesitaban ayuda; la lógica detrás del código, que toda su escuadra usaba, era que si estaban muy apurados dispondrían de menos tiempo para tocar el cuerno. Tras la señal, cogió él mismo un garfio y cuando el navío enemigo se puso a tiro fue el primero en lanzarlo. Sus hombres le imitaron, y aunque muchos cayeron al agua, no menos de tres docenas de garfios se clavaron en la embarcación enemiga (y alguno se clavó en los marineros que se amontonaban en su cubierta). Otra oleada le sucedió a los pocos segundos, y para la tripulación del dromón fue imposible cortar las cuerdas o soltar los garfios suficientemente rápido; los piratas clavaron las piernas en la borda, tiraron de las cuerdas e hicieron que la Bastarda se precipitara contra el dromón, con tanta facilidad como si estuvieran sacando un cubo de un pozo en lugar de moviendo un barco.

La violencia del choque hizo caer al suelo a casi toda la tripulación de ambas naves, pero Harley, que había hecho esto cientos de veces, aguantó, se incorporó en la borda y saltó al dromón, empuñando con ambas manos su hacha larga.

-¡PYYYYYYKE! -aulló, clavándole tan hondo el hacha en la clavícula a un marinero, al caer, que el brazo se le desprendió. Un par de lanzas y una espada se le clavaron en la armadura, intentando colarse por una junta, pero el bastardo las ignoró y, desprendiendo el hacha, taló a su siguiente objetivo.

Los demás piratas saltaron tras él y pronto la cubierta se bañó de sangre. Los hombres de las escudo luchaban, que ya era mucho, pero probablemente fuera la primera vez que lo hicieran y no tenían ninguna posibilidad en absoluto contra la veterana tripulación de piratas (aunque esta fuera más pequeña). Harley escuchó un estruendo y, tras quitarse de encima a un enemigo hundiéndole la nariz en el cráneo con el mango del hacha, echó un vistazo para asegurarse de que era lo que él creía. En efecto, el segundo dromón acababa de estrellarse contra la galera de Patahierro, que ya estaba abordándolo, y más naves se dirigían a apoyarlo. La batalla no duraría mucho si las cosas seguían así.

El pánico cundió pronto entre la tripulación del dromón y, antes de que Harley tuviera la oportunidad de embadurnarse entero de sangre, los pocos que quedaban a bordo se rindieron. Harley los arrojó a la bodega y la atrancó; en una guerra los prisioneros a veces eran de utilidad. En el segundo dromón los isleños parecían tenerlo todo bajo control, así que decidió que era el momento de poner fin a la escaramuza y buscar nuevos objetivos.

-Barbaverde, quédate aquí con los tuyos, toma el timón y llevad el barco a nuestra retaguardia -ordenó-. ¡EL RESTO VOLVEMOS A LA BASTARDA! ¡VENGA!

Sopló dos veces el cuerno, arrancó su garfio de la cubierta (aún le daría más uso, probablemente) y volvió a su galera. Trepó por la tabla de jarcias hasta el tope del mástil, para poder ver la batalla, y decidió que iba muy bien. Probablemente acabaría pronto. Pero entonces notó algo que le gustó mucho menos; parecía que las naves que quedaban en buen estado (de hecho algunas no habían entrado en batalla hasta ahora) se agrupaban y ponían rumbo hacia el navío de su padre, que, como buen Rey del Hierro, peleaba en la vanguardia. La fuerza del número siempre era un factor poderoso, y los demás abordajes parecía que aún estaban desarrollándose así que nadie podría apoyar ahora mismo a Harrald.

-¡A TODA VELA HACIA EL LEVIATÁN! -ordenó, soplando el cuerno tres veces; la escuadra le seguiría. Estaban lejos, pero su embarcación era rápida y muy maniobrable, mucho más que las lentas moles de madera de los hombres de las Escudo. Podría embestir a la nave enemiga más adelantada, que estaba en rumbo de colisión con el Leviatán, antes de que llegara, y quedar así como barrera entre el resto de la flota enemiga y el barco de su padre. Sería muy peligroso, pero ir a la guerra consistía precisamente en hacer cosas peligrosas.

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Re: Velas negras, aguas rojas.

Mensaje por Invitado el Mar Mar 19, 2013 5:07 am

El mar salpicaba mientras el barcoluengo avanzaba furioso sobre las olas. Axel, su capitán, le daba órdenes mientras Aaron las repetía con su enorme torrente de voz, alentando a los más jóvenes y golpeando en la cabeza con un madero de los más gandules. Y sonreía. ¡Ah, la batalla! ¡Hacía mucho tiempo que no se sentía tan vivo! Navegar lo hacía sentirse bien, pero era la batalla lo que le daba vida. Y volvía a hacerlo bajo la vela de los Greyjoy. Joder, cuánto había llovido.

Axel le dio las siguientes órdenes justo cuando avistaron los barcos enemigos. Ellos eran los encargados de rodearlos y evitar su retirada. Bien, sin supervivientes.

-¡Vamos hideputas! ¡Ya habéis oído! -Les gritó por encima del rugir del mar-. ¡Sacad los remos! ¡Rápido, como si fueran vuestra polla y estuviérais ante vuestra puta preferida! En tu caso, Jake, imagina a un muchachito imberbe.

Todos rieron la broma, incluído el afectado, sacando los remos con rapidez. La velocidad aumentó y Aaron se preparó. No había mucho. Los Hijos del Hierro luchaban mejor sin metal ni pesadas cotas de malla. Se colgó del cinto una pequeña hacha, cogió su escudo, se abrochó el chaleco y aceptó el ron y la sal que el sacerdote ofrecía a todos. Se acercó hasta la borda y, con la taza ya vacía, recogió

un poco de agua del mar en uno de los envites de las olas. Bebió un largo trago y se echó el resto sobre su calva. Se agarró a la borda y miró hacia el fondo del océano. "Allá vamos otra vez", pensó. "No vuelvas a tragarme, hijo de puta, estoy bien aquí arriba". Esa era su forma de rezar. Ya estaba listo.

...

Ya estaba. La trampa estaba hecha. El Leviatán del rey y sus hombres habían hecho huir a los barcos enemigos y ahora venían hacia ellos. Bien. Agarró con fuerza su escudo, se envainó la espada curva que arrebató a un capitán de Lys a la espalda y desenvainó la hacha lanzable. Hoy no usaría la ballesta. Se colocó junto a Axel y le sonrió.

Los barcos se acercaron borda con borda y chocaron. Justo con el impacto, Axel, Aigon y Aaron saltaron a una sobre la borda enemiga. Aaron lanzó el hacha y esta se clavó en la cabeza del primer infeliz que trató de acercarse a ellos. Desenvainó su espada y comenzó a repartir el don de la muerte entre los soldaditos de las Tierras Verdes. Los cobardes arqueros del castillo de popa seguían asediándolos con sus flechas. Una de ellas iba directa hacia su capitán y Aaron se interpuso con el escudo en alto.

-¡Más cuidado, hijo! -Le gritó-. No puedo estar cuidándote las espaldas todo el día. -A través de los soldados vio al señorito verde-. ¡Allí capitán, el lord!

Aaron comenzó a abrir el camino de su capitán hasta Lord Serry. Atacó al siguiente muchacho clavando su espada curva bajo el hueco bajo el brazo de su armadura y detuvo un tajo a su izquierda. El siguiente tajo del mandoble impactó en su escudo, rompiendo a este dejándole el brazo izquierdo dolorido. Con un grito tanto de dolor como de rabia, cargó con su hombro izquierdo sobre aquel soldado y lo lanzó por la borda. Cargado de metal como iba, se hundió en las profundidades del abismo. Aaron pasó por encima del cadáver que tenía su hacha clavada en la cabeza y la recogió. "¿Quién es el siguiente?".
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Re: Velas negras, aguas rojas.

Mensaje por Triston Farwynd el Mar Mar 19, 2013 4:27 pm

¡Bruce! ¡BRUCE! Su segundo de abordo pasaba más tiempo capitaneando que él en situaciones normales, pero esa no era una situación normal: era la guerra. Triston no había pisado el camarote en toda la travesía. De hecho, no se había movido de la proa del barco, quería tener claro su objetivo. El segundo capitán llegó a trompicones hacia donde él estaba, pero Triston no apartó la mirada del mar. Estamos llegando a las Escudo. Saldré a combatir. Tú te quedarás aquí, al mando del barco, por si no volvemos. Y contigo una cuarta parte de nuestros hombres, los más jóvenes y los más viejos. Al resto, diles que se vayan preparando. Y diles que, cuando estén listo, vengan aquí. ¡VENGA! ¡NO HAY TIEMPO QUE PERDER!

Ya se veía la orilla de las islas... y la flota enemiga. Iban tras el rey, cuyo barco se había propuesto no perder de vista en ningún momento. Triston miraba al frente, al mar, al rey, a la tierra, al enemigo. No tenía estrategia en mente, pero sabía perfectamente lo que había que hacer: Tenía un gran barco, unos grandes hombres del hierro, una gran flota respaldando, una gran fuerza y unas grandes armas. No necesitaba más. Llegarían, se instalarían y vencerían. Era un hombre del hierro, no necesitaba saber nada más.

Le dio la espalda al lugar a donde llevaba mirando durante toda la travesía por primera vez para dirigirse a sus hombres. Hijos del hierro, nuestro rey nos reclama. Lo que llevamos hasta ahora ha sido la parte fácil. Ahora es donde realmente tenemos que mostrar nuestra fuerza y nuestra lealtad a la casa Greyjoy. AHORA es cuando debemos mostrar que somos unos verdaderos hijos del hierro. Podremos ganar o perder. Podremos quedarnos o volver. Podremos vivir o morir. Pero hay algo que seguro podremos hacer, y DEBEMOS hacer: LUCHAR.

HIJOS DEL HIERRO, QUIERO OIR VUESTRAS VOCES. HACEMOS ESTO POR NUESTRO HONOR, POR NUESTRO REY Y POR EL HIERRO. ¿POR QUÉ HACEMOS ESTO?


¡POR NUESTRO HONOR, POR NUESTRO REY Y POR EL HIERRO!

¡POR NUESTRO HONOR, POR NUESTRO REY Y POR EL HIERRO! Y por ti...

Pasó entre sus hombres a zancadas. Entró en el camarote y se colocó la cota de malla. El yelmo... ¿para qué? Era con diferencia el más alto de todos sus hombres, probablemente lo sería también de los hombres enemigos, ¿quién le iba a llegar a la cabeza? No serviría de nada llevarlo, solo sería un peso inútil y una pérdida de visión imperdonable. Si algún hombre era lo suficientemente diestro como para alcanzarle al cráneo... entonces sería merecedor de la victoria.

Sus hombres estaban dispuestos para el ataque cuando él salió de su camarote. Esperaban su orden. Irrumpió en las filas, apartándolos, y cuando los hubo atravesado continuó andando a zancadas. Sin frenar, gritó. ¡POR EL HIERRO!

¡POR EL HIERRO! Oyó a sus hombres tras él. No se detuvo. Ya no había tiempo para detenerse. Echó a correr, maza en mano, y lanzó un gruñido atronador. Solo este, junto con el retumbar de sus fuertes pasos, hacía más ruido que todos sus hombres juntos. El primer hombre apareció ante él. Dio un salto, impulsando el brazo de la maza hacia atrás...

Los cráneos se iban sucediendo, y todos se topaban con su maza, y con su furia. No veía hombres, solo bultos, bultos con cota de malla, uno tras otro. De vez en cuando, oía a los suyos. ¡POR EL HIERRO! Pero todos iban más rezagados que él. No frenó. No dejó de dar mazazos a diestro y siniestro, hasta que no tuvo ni un solo hombre a la vista.

Cuando Bruce lo vio aparecer a zancadas por el barco, con la maza ensangrentada y gotitas de sangre por todo el cuerpo y la cara, y sin yelmo, no pudo mas que mirarlo con espanto. ¿Has salido sin yelmo? ¿Pero qué te ocurre? ¡Eso es una maldita temeridad! ¡Podían haberte matado!. Triston lo miró fijamente, deteniéndose ante él. Lo que está muerto no puede morir. Y yo ya llevo 16 años muerto...

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Re: Velas negras, aguas rojas.

Mensaje por El Desconocido el Jue Mar 21, 2013 5:49 pm

Cuando se decía que iba a ser un mal día, nunca se sabía hasta que punto iba a serlo. Esto es lo que en unas horas iban a pensar muchas personas que viven en Islas Escudos. Estos eran hombres duros, valientes que habían vivido en la situación de que en su historia habían sufrido ataques de los Hijos de Hierro, ahora que la tensión política de Poniente había estallado en una guerra entre los Targaryen y Fuegoscuro.

Lord Serry había sido el encargado de preparar las defensas de las Islas Escudo, pero no hacía ni un par de días que habían empezado, siempre había sido un hombre muy sensitivo. Lo consideraba un pequeño don, que le habían concedido los Siete. Y este don le decía que este no iba a ser un buen día, que algo malo iba a pasar, pero no entendía el que.

Había ido de un lado para otro inquieto desde entonces. Hasta que las campanas de alarma empezaron a sonar y todo el mundo empezó a apuntar y señalar hacia el horizonte. No viendo nada desde en un principio, hasta que finalmente empezó a ver al principio una decena de velas negras, que se fueron multiplicando hasta superar el centenar y perder la cuenta. El alma se le cayo a los pies.-A las armas.-Ordeno, desenvainando la espada.

La pequeña flota en comparación con la flota que había reunido el Rey Greyjoy, era algo que hacía que fuera fácil pensar por que aquellos hombres no daban la vuelta y huían, sin duda por valentía, una valentía que para muchos iba a ser mortal. Aún así el valor demostrado un valor y ser tan fieros, como los héroes de leyenda iba a dejar huella. Para cuando los humos de los incendios y gritos de los derrotados, heridos y moribundos se vayan apagando se darán cuenta aquellos que todavía siguen vivos, el resultado de aquella batalla, que sin duda quedara en la memoria de todos ellos.

Pero no se iba a olvidar como aquellos "afortunados" que había sobrevivido al asalto de la nave de Lord Serry, donde este se había mantenido estoicamente firme, pese a la adversidad, al encontrarse rodeado de enemigos, hasta que finalmente se encontró cara a cara con Axel Greyjoy, pese a que había sido un combate intenso, también fue breve, pues la juventud del isleño jugo a su favor y fácilmente venció a Lord Serry que acabo muerto, con las tripas desparramadas sobre la cubierta del barco, mientras la vida se le escapaba lentamente de sus dedos.

La vida de un par de jóvenes isleños, que se acaban de alistar en el ejercito de su Rey, tampoco iba a ser diferente, cuando el Dios Ahogado les sonrió desde sus acuosas estancias, haciendo que en sus manos, cayera el asustado hijo y heredero de Lord Chester, sin duda la expectativa de que su señor los recompense, les hara recordar esa sangrienta batalla, como algo hermoso.

Pero que no piensen los Hijos del Hierro que todo a sido de rositas para ellos. El único espada juramentada de Lord Serry llevado por ira, al ver como moría su Señor, lanzo su mandoble hacía Axel Greyjoy y porque el extraño isleño seguramente si debe de esta bendecido o vigilado por el Dios Ahogado, no le salieron también las tripas de par en par al suelo. Axel tuvo fuerzas y tiempo suficiente para contraatacar y separar la cabeza de los hombros de la espada juramentada de Lord Serry. Pero cuando despierte, en un camastro, con el vientre vendado y sintiendo diversas cataplasmas sobre su piel, debera dar gracias a su Dios y uno de su hombre de nombre Tuk, que tiene algunos conocimientos de sanación y con la ayuda de Aaron Pyke, le pudieron hacer unas primeras curas en medio de la batalla y sacarlo de hay cuando estuvo estable. Debera guardar cama estrictamente durante un mes, sino quiere que la herida se abra, se infecte y verdaderamente se reúna con el Dios-Ahogado en sus acuosas estancias.

Pero sin duda la mas curiosa historia sera la de Harley Pyke, aunque eso sera a quien pueda y cuando pueda contársela a alguien. Pues su temerario y valerosa acción, sin duda había salvado la vida de Harrald Greyjoy, pero a cambio de la de sus hombres y casi la suya propia. Pues en barco que intentaba dar con el Rey de las Islas, se encontraba al mando de Lord Hewwet, que no desaprovecha la oportunidad y "a caballo regalado no le mires el diente" es lo piensa, mientras el numero de superviviente que este había reunido se abalanzan sobre la nave de Harley, pudiera haber parecido que durante un momento este y sus hombres iba a poder resistir, pero tan solo fue un espejismo y todos sin excepción fueron pasados a cuchillo. Bueno todos dos no. Sin duda el Dios Ahogado vela hoy por el recién nombrado Rey y todos sus seguidores, incluso los bastardos, de este.

Harley lucho hasta el final, siendo uno de los últimos hombres quedo vivo sobre la cubierta, vendiendo caro para paso que le hacían retroceder, pero finalmente como venganza de la propia fortuna los golpes de los soldados enemigos lo tiraron al agua, haciendo pensar que se iba a ahogar, por el peso de la armadura, pero la fortuna esta del lado del bastardo, al menos en parte, pues los ataques que su armadura a parado, ha echo algo mas que salvar le la vida, sino ir soltándose, lo que le hace que se libere de ella fácilmente. Pero el humor del Dios-Ahogado es como el de cualquier otro dios, voluble y extraño, pues cuando saca la cabeza del agua, ve rodeado de restos de naves hundidas y solo la naves cercanas son enemigas. Como no un hombre que había echo antes una temeridad, vuelve a intentar otra, intentando tomar el solo una nave enemiga. Puede que el Dios-Ahogado lo mirara con buenos ojos a ese bastardo pero no tanto, aún así son tres vidas mas las que arrebata su acero antes de reducirle y dejarlo inconsciente. El joven bastardo aún no conoce su destino mientras duerme encadenado en una de las celdas de las galeras que huyen rumbo a Roble Viejo.

Su Majestad Harrald Greyjoy, cuando acabe la batalla y haya reorganizado su ejercito sera informado de ha destruido un numero que asciende hasta mas de una decena de barcoluengos, haciéndose ademas con mas de un centenar de supervivientes enemigos, ademas de la sonada captura de el hijo de Lord Chester, por dos jóvenes. Pero siendo su numero de perdidas hasta un total no muy significativo. El duelo de Axel Grejoy también sera algo que llegara hasta sus oídos, aunque antes sabrá la herida, que estado a punto de llevárselo para siempre.

Sobre la suerte de Harley Pyke, no se sabe nada, salvo su heroica acción para saberle la vida a su padre, aunque sabiendo que nadie de su nave a sobrevivido, se piensa bastante que ha muerto. Aunque no hay rastro alguno.

Spoiler:
El Destino de Harley Pyke es desconocido para los isleños, oficialmente hasta que on-rol sea lo contrario esta muerto. Aquellos que han capturado a Harley, no conocen su verdadera identidad, pero no le harán ascos a tener alguién a quien echar el guante.

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Re: Velas negras, aguas rojas.

Mensaje por Harrald Greyjoy el Sáb Mar 23, 2013 5:11 am

Spoiler:
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Iban a embestirlos. Esa galera estaba demasiado desprotegida. A la vista hambrienta del Kraken de Hierro. la quilla del barco crujió cuando Harrald hizo virar el Leviatán tan violentamente. El mástil casi estuvo en una posición de cuarenta y cinco grados inclinado sobre el mar. Se dirigían directos hacia aquella galera. Habían desprotegido su flanco izquierdo, pero vio que el barco de Pyke ya se acercaba a cubrirle. Si quería cobrarse su presa, el Leviatán tendría que confiar en la velocidad de la Bastarda para detener a sus enemigos. Harrald tenía solo una cosa en mente en ese instante. Eliminar a todos y cada uno de sus enemigos.

-¡Preparaos para el abordaje! ¡Los quiero a todos muertos!- ya habían perdido varios barcoluengos por la resistencia de los Isleños. Deberían haberse marchado cuando tuvieron la oportunidad. Debieron huir. No eran hombres del Hierro. ¿por qué intentaban comportarse como tales? Les enviaría a los salones del Ahogado por tamaña osadía.

-¡Capitán! ¡Hemos desprotegido el flanco, nos van a embestir si seguimos a esta velocidad!- gritó entre el estruendo de las olas Greg el Canibal.

-¡¿Perdona, acaso estoy oyendo a tu vagina quejarse!? ¡Desenvaina la espada, Maricón! -Gritó Cachalote, ya portando su hacha a dos manos de treinta y dos kilos.

El rugir del mar por la batalla, la sangre cayendo al mar que atraía a los tiburones, los gritos desgarradores del dolor por las heridas sufridas o por las perdidas de amigos y familiares en la batalla. Aquello alimentaba el alma de Harrald. Sus ojos casi parecían salirse de sus órbitas. Hacía años que le había cogido gusto a la sangre, y ahora no iba a ser menos. Por la gloria y por el hierro que mataría a todos esos pisaverdes.

Miró el Kraken a su izquierda. Efectivamente, la Bastarda se acercaba para interceptar a la galera que deseaba embestir al Leviatán. Ahora podía cobrarse su presa. Igual que un lobo hambriento que ve un cervatillo cojeando, esa era la mirada del Rey de las Islas del Hierro

El espolón del Leviatán se hundió en el casco de la galera por estribor. Igual que hiciera un puñal entre las costillas de un hombre. Una vez con medio barco destrozado y partido por la mitad, a los guerreros de aquella galera solo les restaba intentar abordar el Leviatán. Ahí estaba Harrald, habiendo abandonado el timón a manos del Señor Hapkins, en primera linea de defensa de su navío. Su ballesta pesada atravesó el torax del primero que osó intentar el abordaje, lanzándolo directamente al mar con un agujero en el pecho del tamaño de un pomelo. Lanzó la ballesta a un lado y preparó su espada y su escudo. No era acero valyrio, pero partía cráneos con la misma eficacia. Además, el peso de la espada era reconfortante. Mayor pesó indicaba en la parte primitiva de la mente de Harrald mayor daño en los enemigos.

Paró un tajo vertical de un enemigo para luego apartar el escudo y la espada de su adversario. Con la guardia abierta atravesó con una estocada el vientre el hombre que no superaría los treinta años. Llegó hasta la columna. Tan fuerte fue el impacto que la atravesó tambien, haciendo caer de inmediato al hombre entre gritos de indecible dolor. Ni en el peor de los infiernos de los Siete dioses se puede sufrir tanto. Eso pensó Harrald. Pero lejos de algún tipo de arrepentimiento, lo que sintió el rey d las Islas era más sed de sangre. Esa sed que nunca se apaga y que necesitas saciar a como de lugar.

Levantó la espada ensangrentada entre sus hombres. Los enemigos se acumulaban en la proa, haciendo que el barco pareciera una batalla a punto de empezar. Bien. Algo tan épico merecía toda su emoción en ello.

-¡¡INMER!! ¡¡SHACKTON FIAND!!- Aulló con ira el Kraken. Así se lanzó al ataque. Sajando a diestra y siniestra. Un corte en la rodilla que seccionó una pierna, una estocada en el cuello, un tajo horizontal que decapitó a otro, un golpe con el escudo en el rostro de otro para luego atravesarle las costillas con un cuarto de acero destrozando pulmones y probablemente corazón. La furia se había desatado. Cachalote partía cuerpos en dos con su gran hacha, El señor Hapkins abría barrigas como un cortabolsas lo hacía en Desembarco. Greg alternaba los golpes con espada de los movimientos cercanos al enemigo y con mordiscos que arrancaban trozos de carne fresca. Por eso le llamaban el canibal. Jols el Exagerado iba solo con sus guantes de hierro destrozando los huesos de la cara de quien encontraba a puñetazos con sus guanteletes.

El Ahogado estaría orgulloso. Y si no lo estaba, que le diesen por culo. Sus hombres estaban luchando como Dioses de la Guerra enfurecidos. Harrald lo sabía, y el resto del mundo lo sabría muy pronto también. Poniente entero no podría saciar el Hambre del kraken.

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Re: Velas negras, aguas rojas.

Mensaje por Harley Pyke el Mar Mar 26, 2013 6:12 pm

Se quitó el yelmo y se irguió en la proa, dejando que el viento peinara su melena apelmazada. Calculaba bien las distancias en el mar; era una parte importante del trabajo de un capitán pirata. Sabía que no llegarían a tiempo de maniobrar con cuidado y abordarles; si intentaba eso, el capitán de la galera enemiga tendría tiempo para embestir al Leviatán, el navío de su padre. Aunque eso llevara a pique a ambos barcos, hundir el Leviatán con el Rey Harrald dentro convertiría la derrota aplastante en una victoria estratégica. Si el capitán tenía huevos, y todo parecía indicar que era así, lo intentaría hacer para salvar su honor.

La Bastarda pronto se adelantó a las demás galeras de la escuadra de Harley; era con mucho la más rápida, y en estas circunstancias, con el viento solo parcialmente a su favor, su velamen al estilo lyseno era el único preparado para aprovecharlo y zigzaguear a toda velocidad hacia el enemigo. Eso era lo que les permitiría interceptarlo, pero también provocaría que no pudieran contar con el resto de su escuadra en el combate.

Harley se giró para encarar sus hombres, que observaban la pequeña flota contra la que se dirigían y murmuraban preocupados. Eran valientes, valientes como solo podían serlo hombres cuyo trabajo consistía en cruzar el vasto océano en una cáscara de nuez buscando flotas que abordar. Pero la mayoría tenían tanta experiencia como él o más, y sabían que la flota a la que se dirigían no era una buena presa; les superaban ampliamente en número.

-¡El Rey de la Sal y la Roca nos necesita, así que embestiremos a la galera que va hacia el Leviatán y, si no nos vamos a pique, aguantaremos! -les explicó, para que se hicieran a la idea- ¡No les abordaremos; esperaremos a que ellos vengan, y cuando lo intenten tiraremos al mar a tantos hijos de puta como podamos! ¡Probablemente sean muchos más que nosotros; tenemos que esperar a que la escuadra llegue! ¡DEFENDED LA BASTARDA, JODER! -remarcó- ¡Y si a alguien se le pasa por la cabeza rendirse le arrancaré la piel y lo meteré en el tonel de sal el resto del viaje! -los piratas sabían que no era una amenaza vacía; lo hizo una vez.

Algunos asintieron, otros se encogieron de hombros y los más se limitaron a seguir mirando la batalla. No es que hubiera tiempo para amotinarse, así que seguirían las órdenes les gustaran o no. Y además todos temían más a Harley que a los hombres del Dominio; les convenía más morir que despertar su ira.

Con la galera enemiga cada vez más cerca, el segundo de la Bastarda, Trespiernas, decidió que era el momento ideal para subirse la cota de malla, sacar el portento de la naturaleza que le había hecho famoso en las Islas del Hierro y ponerse a orinar por la borda.

-Es que no quiero que me den ganas luego, jefe -explicó a su capitán-. Que el combate va a ser largo, y es una putada cuando estás luchando y pensando "¡joder, me estoy meando, espero que se mueran pronto porque voy a reventar!".

-Aprovecha ahora que no tienes ninguna espada atravesándote la vejiga -le respondió Harley asintiendo.

-No, las espadas en las tripas no son para mí -contestó Trespiernas riendo-. Moriré el año que viene cuando mi mujer me pille follándome a otra y me abra la cabeza de un hachazo, me lo dijo un Hombre Ahogado.

-Pues entonces para no morir solo tienes que estar un año sin follarte a otras.

-¡Coño, es que desde que tuvo a los mellizos mi mujer es más fea que un oso! Ya lo pensé, pero no me sale a cuenta; es mejor morirse -sentenció con filosofía- ¡TRESPIERNAAAAAS! -gritó en dirección a la galera enemiga agitando de forma intimidante su más querida arma, antes de enfundarla.

Harley rió para sí. Trespiernas estaba como una puta cabra, pero era su mejor hombre. Se conocían desde niños y él, de nacimiento plebeyo, había aceptado pronto su lugar como la mano derecha de Harley, al ver lo que le pasaba a quienes intentaban ponerse a su nivel. Era sincero, astuto y pragmático; el mejor segundo que un capitán podía desear.

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"¿Nos hundiremos?". Acarició la madera de su nave. La Bastarda le gustaba, le gustaba mucho. Nunca antes había embestido con ella a otra nave; la apreciaba demasiado. La primera vez que la vio estuvo todo un día persiguiéndola, con la Rata del Puerto, su anterior barco. Pero la galera lysena era más rápida que él y lo dejó atrás. Se la volvió a cruzar dos semanas más tarde, y volvió a pasar lo mismo. Durante todo un otoño, Harley persiguió a la galera, la más rápida que había conocido, por las costas de Essos, perdiendo su rastro y volviendo a encontrarlo una y otra vez.

Finalmente se topó con ella por casualidad en el puerto de Braavos, cuando desembarcó allí para reponer los toneles de agua. Preguntó por su capitán a todos los marineros que encontró hasta que alguien entendió sus torpes farfulleos en el idioma local, del que no sabía más de una docena de palabras, y le llevó a una taberna en una calle cercana. Se acercó al hombre que le señaló, un soberbio señorito de alguna gran casa comercial, y le espetó "yo comprar barco tú". El capitán soltó una risotada, mirando al pirata sucio y greñudo, y le preguntó con sarcasmo "¿Precio?". "Precio del hierro", respondió Harley clavándole un puñal en el ojo.

Había sido la niña de sus ojos durante tres años. Y nunca, nunca le había fallado. Pero tampoco había hecho nunca con la Bastarda una temeridad como la que intentaba ahora. La nave no estaba hecha, en modo alguno, para embestir a otras.

-Mantente a flote, ¿de acuerdo? -le susurró- Al menos hasta que termine la batalla.

Un chasquido lejano le sacó de sus elucubraciones, y el sonido de muchos proyectiles cortando el aire le confirmó lo que sospechaba. Iban a intentar ablandarlos antes del combate, o amilanarlos para que se dieran la vuelta. Volvió a ponerse el yelmo.

-¡ESCUDOS! -ordenó poniéndose en cuclillas y soltando el hacha para coger el escudo que llevaba a la espalda y sujetarlo sobre él. Una flecha se clavó profundamente en la madera; la arrancó y la tiró al agua antes de la siguiente oleada de proyectiles.

Cinco minutos después, la lluvia de flechas paró al fin, y Harley se incorporó. Los barcos enemigos estaban casi junto a ellos, y no había habido bajas en la Bastarda. Excepto Dyk, el muchacho de Puerto Noble, que permanecía inmóvil en mitad de la cubierta en medio de un charco de sangre, clavado al suelo por una docena de virotes. Quizá no estaba preparado, quizá no debería haber venido a la guerra; pero a Harley le gustó el chico, que le recordaba a él mismo, y le dio una oportunidad, creyendo que si lo tomaba bajo su protección haría de él un gran capitán en el futuro. El Dios Ahogado tenía otros planes. En respetuoso silencio, alzó el cadáver y lo arrojó al mar, para que pudiera irse nadando hasta las estancias del Dios antes de que los hijos de perra del continente profanaran el cuerpo.

La galera enemiga, que ahora podía advertir que bullía de soldados bien armados, había acabado renunciando a abordar el Leviatán y se estaba girando hacia estribor para ponerse paralela a la Bastarda; no iban a dejar que les embistieran de lleno. Aún así, la maniobra estaba siendo lenta y si los isleños corregían su rumbo el choque, contra la proa enemiga, podría ser violentísimo. Harley solo tuvo unos segundos para decidir si debían pasar rozándola y defenderse del abordaje o jugárselo todo embistiéndola.

"Son demasiados. No vamos a poder aguantar, son demasiados, y a babor vienen más. Si no los hundimos vamos a perder el combate".

-¡TODO A ESTRIBOR! ¡HACIA SU PROA! -ordenó al timonel- ¡AGARRAOS!

"Perdóname, Bastarda".

El choque entre ambos navíos no fue de pleno, pero la velocidad que traía la Bastarda y su forma estilizada lo dotó de una violencia extraordinaria. Con un ruido ensordecedor, la Bastarda destrozó la proa enemiga, provocando una tormenta de astillas afiladas tan largas como jabalinas. Pareció que el barco enemigo iba a volcar, y más de un soldado cayó al agua mientras en la Bastarda los isleños intentaban ponerse en pie o rodaban aún por la cubierta. Al final, sin embargo, la galera de las Escudo quedó herida de muerte pero a flote; aunque la Bastarda estaba clavada en ella como una cuña martilleada por un gigante, el amasijo de madera retorcida que formaban ambas naves se mantenía precariamente a flote. Harley no había conseguido su objetivo. Y cuando la galera de las Escudo se hundiera, el remolino atraparía a su nave, que había sufrido graves daños. Pasara lo que pasara, este era el último abordaje de la Bastarda.

"Has cumplido con tu parte, Bastarda, como siempre. Eres la mejor nave que ha surcado el Mar del Ocaso. Pero el Ahogado no ha querido ponernos las cosas fáciles hoy"

Al ponerse de pie vio que un puñado de hombres de las Escudo yacían en la cubierta de su galera, desangrándose o desmembrados por el huracán de astillas que había tenido lugar antes, pero no tantos como podrían. Les superaban muy ampliamente en número. Iban a sangrar.

-¡AGUANTAD! -recordó mientras daba un solo toque de cuerno. Se ató el escudo al antebrazo y empuñó de nuevo el hacha larga con ambas manos; era incómodo y antinatural, pero sin escudo lo despedazarían en segundos.

No todos sus hombres estaban ya de pie cuando el abordaje empezó. Un torrente de soldados enemigos saltó directamente desde su cubierta a la Bastarda. Harley le dio la bienvenida al primero arrancándole la cabeza de un hachazos, con yelmo y todo, pero pronto se tuvo que poner a la defensiva. Una tormenta de acero caía sobre él y sus hombres, y fueron retrocediendo hacia la popa intentando mantener la línea para que no los rodearan. La completa de Harley le salvó la vida de docenas de estocadas que le fue imposible desviar con el escudo, pero las cotas de anillas o de láminas de los demás corsarios no ofrecían tanta protección. Una espada se introdujo por una junta en la garganta de Barbaverde y cayó de espaldas sangrando como un cerdo. Harold el Rubio, a quien luchar sin yelmo le daba suerte, recibió un mazazo en el cráneo que lo mató en el acto y salpicó de sesos a Harley.

Apenas podía atacar; no había matado a más de dos o tres, porque cada vez que intentaba apartar el escudo para atacar media docena de hojas afiladas se lanzaban hacia él. No estaba yendo bien, nada bien. Y no podía permitirse un instante para mirar si venían refuerzos, así que se limitó a esperar que fuera así. Por añadidura, el barco cabeceaba con violencia, lo que casi hizo que se cayera de bruces más de una vez. Estaba hundiéndose poco a poco, pero no se resignaba a ese destino y se batía en un último combate desesperado, igual que su tripulación.

Tras menos de cinco minutos de batalla, ya solo quedaban una docena de piratas combatiendo. Trespiernas, sangrando abundantemente por una herida en el hombro, cubría el flanco derecho de Harley con su gran escudo mientras intentaba colar alguna estocada, hasta que dos caballeros asestaron a la vez un mazazo a la madera. Harley oyó el escalofriante sonido del brazo de Trespiernas partiéndose, y no pudo más que bajar el escudo, momento que sus enemigos aprovecharon para atravesarle el vientre con una lanza a través de un agujero en la cota.

-No me tocaba morir hoy, cabrones -musitó mirando la herida mortal mientras se derrumbaba. Cuatro niños de Puerto Noble acababan de perder un padre y ganar una leyenda.

Uno de los barcoluengos enemigos que acababa de llegar tuvo la suficiente valentía para acercarse a la zozobrante embarcación y abordarla por la popa. Era el fin; la línea se había roto, estaban rodeados. Harley se puso de espaldas a la borda e intentó aguantar los ataques de la media docena de enemigos que le rodeaban, pero pronto su escudo se partió en tres trozos. Intentó parar los golpes con el mango del hacha; al poco este corrió la misma suerte.

Cuando vió, arrinconado, que una maza se dirigía hacia su cabeza y otra hacia su abdomen, intentó protegerse con los brazos para no recibir el impacto completo, pero no había nada más que pudiera hacer. Y justo en el momento de recibir ambos golpes el barco se inclinó una vez más, haciendo que sus enemigos casi cayeran sobre él. La fuerza de los impactos y la ayuda de la gravedad hicieron que Harley atravesara la madera y saliera despedido por la borda.

Él había sido el último. Mientras caía de espaldas vio la Bastarda llena de enemigos, que acabado el combate se apresuraban a entrar al barcoluengo que acababa de llegar para alejarse antes de que la nave se hundiera. Echó la cabeza hacia atrás y pudo ver, boca abajo, al Leviatán, que se mantenía a una distancia prudencial sabiendo bien que ya no había nada que hacer. Le pareció distinguir a su padre, mirándole caer consternado, aunque quizá se lo imaginó. Y entonces las aguas se lo tragaron, dejando atrás solo espuma, y para él ya todo fue oscuridad y silencio.

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Spoiler:
Iba a terminar la batalla aquí, pero el post ya es tan absurdamente largo que si me pongo a contar también todo lo demás rompo el foro al subirlo xD. Tras unos posts más, la siguiente entrega Razz

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Re: Velas negras, aguas rojas.

Mensaje por Axel Greyjoy el Miér Mar 27, 2013 7:52 am

- ¡Aléjate de mis espaldas y todo irá bien!- Reí, deteniendo el golpe de un chaval más joven que yo con el escudo. Lo que no se esperaba era que tuviera el hacha en esa mano; hice retroceder su brazo y le dí con el canto de ésta en la cara, hundiéndole la nariz. Mi espada lo atravesó de lado a lado y la saqué por sus costillas, teniendo que usar más fuerza, pero con un resultado mucho más satisfactorio; acabé embadurnándome y embadurnando a otros con la sangre del otro hombre, y como era de esperar, los del Dominio comenzaron a retroceder.

Detuve un venablo con la lanza y rompí otra, avanzando entre guturales gruñidos hacia la popa del barco, donde me esperaba Lord Serry.- ¡Aygon!- El sacerdote se había quedado un poco atrás, luchando contra un dominiense; suspiré y le cogí un hacha arrojadiza a uno de mis hombres, poniendo la tizona en el hueco de mi brazo del escudo; salió volando, rebotó en un escudo y chocó contra la cota de mallas de uno de mis hombres.- ¿Habéis visto eso? ¡Qué locura!- Reí con fuerza, causando confusión entre mis enemigos... y unos segundos después, salté contra su muro de escudos, abriéndolo por la inercia. Rodé, defendiéndome de espadas con el pesado armatoste de hierro y atacando con mis armas, en lo que mis hombres hacían lo mismo. Me encontré con las escaleras hacia el castillo de popa libres, y las subí hasta dar con Lord Serry.

Nos miramos unos segundos, y golpeé la espada contra el escudo, haciendo que resonase.- Habéis perdido la batalla. Tú perderás algo más...- Me quité el yelmo, para que pudiera verme mejor.- ¡No conocerás descanso alguno!- Nuestras espadas chocaron, y yo continué con el baile.- ¡Los buitres y los cuervos picotearán tus entrañas, esparcidas por las cuatro esquinas de Pyke!- Continué amenazándolo, mientras la batalla sobre el barco de Lord Serry comenzaba a terminarse; en los pocos momentos de descanso que tenía veía cómo ya mis hombres ahogaban a los supervivientes. Sonreí, decidiéndome a darme algo más de prisa.

Escudo, hacha, espada, hacha, escudo. El Serry luchaba bien, pero yo tenía más armas... La espada de Lord Serry chocó contra una hombrera, que apenas se melló, y me agaché, para que no pudiera desviar la hoja hacia mi cabeza desprotegida, y me cubrí con el escudo, que despejé dando un barrido hacia la derecha. Casi desarmado y sin posibilidades de un respiro, mi hacha y espada comenzaron a caer como una tormenta sobre él, mellando y destrozando su armadura... y poco después sus tripas y huesos. Solté el hacha para coger sus vísceras, una vez sacadas, y las corté de otro tajo; grité, triunfal, mientras la vida escapaba del noble con rapidez. Lancé las tripas de Lord Serry al casco del barco, y resbalaron en línea hasta casi la mitad. Alcé la espada.- ¡El barco es nuestro!- Había vencido a mis visiones, y quise comprobarlo; le quité el yelmo al hombre, que aún boqueaba como un pez fuera del agua, y me miró con una mezcla entre odio y el sueño y delirio eternos. Para él lo serían... Me detuve en seco, sorprendido al ver su rostro, y retrocedí, asustado.

- No, no, no puede ser...- En ese momento se abrió la puerta del gobernate y vi a aquel hombre. Miré hacia abajo, pero no me dio tiempo de llamar a mis hombres; había visto a su señor muriendo y se lanzó contra mí con la furia del Dios de las Tormentas. Gemí, sin poder coger el hacha y traté de defenderme. De nuevo un baile de espadas; sentí venir un hacha arrojadiza, y me tuve que defender con el escudo.- ¡Casi me dais!¡Venid aquí y...- Mi frase acabó con un grito, pues fui alcanzado por la espada de aquel hombre, como había soñado. Entrecerré los ojos y con una mirada de odio, mientras él intentaba traspasarme atrasé el brazo de la espada; vi que no pudo reaccionar a tiempo, y para cuando noté el beso del acero de nuevo, mi espada entró limpiamente por la garganta del otro, hasta la empuñadura. Giré, gritando, y finalmente le separé la cabeza del cuerpo, en un torrente de sangre. Caí de rodillas, soltando la espada, y suspiré, llevándome la mano libre a las tripas. Solté el escudo y comencé, frenético, a quitarme la armadura, en lo que llegaban mis hombres, rodeándome.

Me rendí y vi cómo Aaron y Aygon comenzaban a quitarme la armadura; cogí a Aaron por la pechera y a Aygon por el brazo, como pude apuntar.- Si... muero... la Sonrisa es tuya, Pyke. Aygon... Cuida... de las almas...- A la vista de mi herida, una vez me levantaron la cota de mallas, finalmente perdí el conocimiento.
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Re: Velas negras, aguas rojas.

Mensaje por Harrald Greyjoy el Lun Abr 22, 2013 11:06 am

La batalla, por fin, había terminado. Toda la flota de las Escudo había sido aniquilada. Una victoria que se oiría en las canciones de las Islas del Hierro durante generaciones. La alegría debía ser máxima en esos momentos, pero algo fallaba. Algunos barcos huían por el flanco izquierdo en dirección al Noreste. A Roble Viejo. Esos barcos... ¿Dónde estaban antes? ¿Por qué Harley no los había detenido? Dirigió su mirada entonces hacia el lugar donde vio por última vez a la Bastarda.

Se estaba hundiendo.

-¡Virad! ¡VIRAD HIJOS DE PUTA, VIRAD!- les gritó a sus hombres. Estos, comprendiendo la urgencia de la situación, así actuaron. Sacaron los remos, plegaron velas, tocaba buscar al bastardo real.

Tardaron unos cuantos minutos en llegar. Algunos hombres se aferraban a la proa aún flotante de la Bastarda. Los hombres de Harley. Ordenó lanzar una escala para subirlos a bordo. Entre ellos no estaba su hijo. Un temor iba creciendo y tomando forma en el pecho de Harrald. Un temor frío y mortal.

-¿¡Donde está Harley!? - preguntó a los agotados supervivientes. Uno de ellos, el que parecía tener más fuerzas, se levantó y habló.

-Cayó al agua, mi señor. No lo encontramos. Los hombres de Hewwet se llevaron a algunos de los nuestros, pero creo que el capitán cayó antes de que se los llevaran... No lo recuerdo.

-No...

-Mi rey, él...

-¡No!

La mirada de Harrald irradiaba odio, furia y poder destructivo. El marino no se atrevió a seguir hablando. Ninguno de los hombres de Harrald se acercó a él. Sabían lo que les ocurriría. Los duelos por la perdida de un hijo es algo que los hombres del Hierro pasan solos. Mirando hacia abajo, vio entre los cabos un par de botellas de ron que sus hombres guardaban para casos especiales. las cogió las dos, y sin mirar a nadie, se dirigió a su camarote. Nadie se quejó. Nadie dijo nada. Aunque les hubiera quitado el ron, ahora Harrald era una bestia más peligrosa que cualquier animal salvaje y herido.

Se encerró en su camarote. Hasta que llegaron a la playa, no salió. Sus hombres solo podían imaginarse qué hacía ahí dentro, pero estaba bastante claro por el ruido que salía de allí. Lo estaba destrozando todo. El sonido de la madera al astillarse por fuertes golpes, el cristal rompiéndose, el metal cayendo, los alaridos de un hombre triste y furioso.

Ese día, Harrald Greyjoy había muerto más que el día en que fue ahogado en la religión de su tierra.

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Re: Velas negras, aguas rojas.

Mensaje por Harley Pyke el Lun Abr 22, 2013 6:53 pm

Lo que antes era aire se convirtió en agua, y lo que era estruendo, en silencio. Harley cayó al mar y una ola fue todo lo que hizo falta para borrar de la superficie del agua todo rastro de su inmersión y de él. El Bastardo Real había sucumbido.

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Había tomado una última bocanada de aire, por puro instinto; la última que disfrutaba. Y no le duraría mucho. El peso de la armadura completa le hacía hundirse con rapidez, y la idea de intentar nadar agitando sus extremidades embutidas en metal era ridícula. En las Islas, cuando un hombre con armadura caía al agua nadie se lanzaba a salvarlo. En lugar de eso pedían al Ahogado que le acogiera, porque sabían que el desgraciado ya no podía recibir ninguna ayuda; si alguien intentaba lanzarse a por él y sacarlo a flote lo único que conseguiría sería hundirse también. Quienes caían al agua morían. Así eran las cosas.

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Soltó el hacha, que ahora se hundía más lentamente que él; solo tardó un instante en perderla de vista en la oscuridad que le rodeaba, la negrura de ébano de un mar sobre el que el sol aún no se había decidido a alzarse. Pero los recuerdos, sucediéndose ante sus ojos como una ráfaga, llenaron de imágenes el vacío.

Recordó a Lyessa, su madre. La recordó acunándole en sus brazos en el taller de su abuelo, cuando aún era joven y a veces sonreía. Después recordó todas las lágrimas que había derramado; cuando el anciano curtidor murió y supo que estaba sola en el mundo, cuando Harley le dijo que tenía hambre y no pudo darle nada de comer, con cada una de las palizas que sus sucesivos padrastros le dieron, y cuando el niño se fue de su lado para buscarse la vida como pudiera, aunque aún ni tuviera vello en el cuerpo. La recordó también en su lecho de muerte, pero entonces no lloraba. Parecía feliz de irse. Aunque su rostro se ensombreció cuando confesó a su hijo quién era su progenitor. "Pero ahora olvídalo, hijo mío, olvida para siempre lo que te he contado. Lord Harrald no quiere un bastardo y no le vas a hacer cambiar de opinión. Así son las cosas en Pyke."

Después vino el Capitán Orkwood y su Galeón Muerto, en el que navegó tantos años. Tras cumplir su decimotercer día del nombre se enroló en la tripulación del monteorqueño y se fue a surcar los mares, llevándose consigo todas sus posesiones legítimas: 1 cuchillo y la ropa que llevaba puesta. "En los abordajes los novatos sois los primeros en luchar y los últimos en retiraros. ¿Estás seguro de que quieres venir, chico? ¿Sin una puta coraza ni nada?". Cuando Harley asintió no pareció convencido, pero se encogió de hombros y le señaló hacia el interior del barco. "Ven si quieres, pero que sepas que vas a morir antes de la tercera batalla, chaval. Así son las cosas en la mar."

Innumerables batallas en mar y en tierra, por todos los rincones de Essos, se sucedieron ante sus ojos, y tras ellas vino la vuelta a Pyke y la reclamación con éxito de su derecho de nacimiento. Que trajo con ella a su peor enemigo. Parecía que Anthon ni siquiera pensaba dejarle morir tranquilo; lo recordó mirándole con furia plantado frente a él en uno de los puentes colgantes de Pyke, decidiendo si intentaría arrojarle al vacío a riesgo de caer él mismo. "Habrás engañado a mi padre con tus historias, pero sigues siendo una rata de Puerto Noble y yo soy un Greyjoy de Pyke. Yo heredaré el trono de mi padre, ¡YO!, y ese mismo día te ahorcaré, chusma. Esta es mi isla, y así son las cosas aquí."

Tras un borrón fugaz de nuevos saqueos y nuevos botines, y pocas semanas después de una captura que nunca olvidaría, se vio acodado en la proa de la Bastarda, con Pyke ya a la vista. Trespiernas, que estaba bebiendo junto a él, adivinó sus pensamientos: "¿le estás cogiendo cariño a la chiquilla, no?". El silencio fue suficiente respuesta, así que siguió hablando. "Harley, ella te odia más que a nadie en este mundo. La has secuestrado. Has matado a toda la familia o los amigos que tuviera en ese barco. Las esposas de sal están bien para desahogarse, y esa muchacha es muy guapa, no te lo voy a negar, pero... no esperes de ella algo que nunca te va a dar, capitán. Estoy casado, conozco a las mujeres. Una esposa de sal no es para eso, por mucho que quieras que lo sea, y deberías quitarte esa idea de la cabeza. Lo siento, capitán, pero así son las cosas."


Harley Pyke recordó que le importaba un carajo cómo fueran las cosas.


Y por eso, aunque probablemente fuera a ser inútil, sacó el cuchillo que guardaba en la espinillera y empezó a cortar todas las correas que sujetaban el pecho de su armadura. Conocía bien cómo estaba hecha y donde era débil, y por eso apenas tardó unos segundos en poder revolverse en el agua y escurrirse fuera de la pechera; pero esa era solo la primera parte, y la más fácil. Sabiendo que el tiempo se le acababa, sacó el otro cuchillo con la otra mano y deslizó ambos por las rendijas de las perneras, haciéndose un buen corte en el proceso pero, tras algunos forcejeos, cortando la primera correa que sujetaba la placa al muslo. La espinillera era demasiado estrecha; la cogió con ambas manos y la dobló temblando por el esfuerzo hasta que pudo sacar el pie de la trampa de metal, y después hizo lo mismo con la otra. Tenía que empezar a nadar ya si pretendía llegar a la superficie vivo, pero a su alrededor solo había oscuridad. No tenía ni idea de donde estaban "arriba" ni "abajo". Tras unos segundos de búsqueda frenética le pareció distinguir, finalmente, una tenue línea de luz que podría corresponderse con el sol alzándose al este, y empezó a impulsarse hacia allí con las piernas, ya libres, consciente de que se le estaba acabando el aire.

Las placas que le cubrían los brazos iban a ser lo más difícil. No había ninguna forma de cortar las correas que las sujetaban colando un cuchillo por el codo o la muñeca, las únicas rendijas. La armadura estaba hecha, evidentemente, para no tener debilidades. Quitársela era un proceso largo para el que ni mucho menos tenía tiempo. Así que estiró el brazo izquierdo hacia su derecha, tiró del guantelete hasta que el brazo se le quedó atascado, y luego siguió tirando con mucha más fuerza, despellejándose el brazo y rasgándoselo entero contra las aristas del interior de las placas. Contuvo un gemido, dejó caer la pieza y procedió a hacer lo mismo con el otro brazo, sin dejar de impulsarse hacia donde pensaba que estaba la superficie. El brazo libre teñía el agua de carmesí y hacer fuerza con él le dolía a rabiar y hacía que mucha más sangre manara de la larga herida que lo recorría del hombro al antebrazo, pero no le apetecía morir hoy, así que cruzó el otro brazo por delante del cuerpo y repitió la operación, con los ojos cerrados como si así fuera a doler menos. Unas burbujas de precioso aire se le escaparon de la boca cuando hizo el último esfuerzo y el brazo derecho empezó a manar sangre con tanta generosidad como el izquierdo, pero no tenía tiempo para lamentarse.

Nadó a toda velocidad hacia la luz, notando los pulmones arderle por la falta de aire. Pero la luz hacia la que nadaba se fue haciendo más tenue conforme su conciencia se nublaba y, finalmente, desapareció. Se preguntó durante un instante si había estado equivocado todo el tiempo y la luz no era más que un reflejo o un pez brillante, o si se estaba desmayando. Pero antes de poder llegar a una conclusión perdió la conciencia.

Despertó segundos después al notar un golpe. Acababa de chocar contra un madero, un trozo de una galera que se había desprendido. Se agarró a él, se impulsó con sus últimas fuerzas y asomó la cabeza sobre la superficie. Tosió litros de agua de mar mientras intentaba encaramarse a él y, cuando al fin lo consiguió, vomitó todo lo que había comido el día anterior y se derrumbó agarrado desesperadamente a él, respirando con dificultad y temblando.

-Lo... que... está muerto -consiguió al fin musitar tras un minuto de descanso- no puede morir, sino... que se levanta de nuevo... más duro, y más fuerte.

En realidad no se sentía ni más duro ni más fuerte que al caer. Se sentía como una mierda, pero estaba dispuesto a conceder eso a cambio de su vida.

Lo primero que vio cuando la visión se le aclaró fue que los tablones sobre los que estaba tumbado tenían dibujada parte de una letra. Harley no sabía leer, pero sabía perfectamente qué letra era esa y cuáles eran las demás. Sonrió incrédulo.

-Me has salvado, Bastarda -susurró al madero, conmocionado-. Incluso después de hundirte, me has salvado la vida, otra vez. ...Gracias -le dijo emocionado dando un beso al tablero-. No te olvidaré nunca, Bastarda. Eras el mejor barco de las Islas.

Un grito le sacó de su ceremonia privada de agradecimiento. Se volvió hacia la fuente del sonido y, donde esperaba ver un barcoluengo cargado de isleños, vio un par de galeras que enarbolaban la bandera de las Escudo. Parecían estar alejándose de la batalla, e iban a pasar junto a él; le habían visto y alguien gritaba y le hacía señas desde la borda. "Claro, si el sol sale al Este, que es la dirección hacia la que han huido... Mierda. Estoy donde su flota." Harley levantó un brazo para indicar que estaba vivo.

-¿A QUIÉN SIRVES? -le preguntó.

Harley solo recordaba el nombre de 1 señor de las Islas Escudo, así que esperaba que fuera la respuesta correcta.

-¡A LORD SERRY! ¡SIRVO A LORD SERRY! -respondió, intentando disimular su acento isleño.

No había nada de malo en mentir. "Morir por decir la verdad, cuando podrías haber mentido, eso sí que está mal. Eso es ser un puto gilipollas." El hombre pareció dudar y se giró para comentar algo con alguien dentro. No le vendría nada mal que pasaran por su lado sin hacerle caso; no le costaría llegar hasta la flota amiga. Pero si decidían que era un enemigo probablemente lo llenarían de flechas, así que no podía contar con ello. Su mejor esperanza seguía siendo engañarlos. Y pareció haberlo conseguido dado que, al fin, el soldado de antes se asomó a la borda de nuevo y tiró en su dirección el extremo de una cuerda.

Despidiéndose de la Bastarda, o lo que quedaba de ella, con una última caricia, nadó hacia la cuerda, se agarró a ella y se dejó arrastrar hasta la galera. Lo izaron hasta la borda, lo cogieron de los brazos y lo depositaron en la cubierta de la nave. Harley, que parecía agotado, se dejó caer y se quedó postrado en el suelo recuperando el aliento. Un tipo que parecía un jefe o sargento de algún tipo se arrodilló frente a él y le miró con curiosidad. Fue a decirle algo, pero antes de tener la oportunidad Harley se arrojó sobre él como una fiera, le quitó el cuchillo del cinto y se lo clavó en un ojo. Se levantó como un resorte y se lanzó hacia el cuerpo más cercano que veía, antes de perder el factor sorpresa.

Ahora que había podido fijarse parecía haber unas tres docenas de soldados, que le miraban alarmados y se llevaban las manos a las armas. "Son... dos docenas y media más de lo que me habría gustado. Pero no perdamos el ánimo".

Se llenó de sangre las pocas partes de su cuerpo que quedaban limpias degollando al segundo, que aún no había podido sacar el arma, pero cuando alcanzó el siguiente objetivo tuvo que luchar de verdad. Estaba en guardia, preparado para rechazar cualquier ataque con la daga, así que le pateó con todas sus fuerzas en la entrepierna y le clavó el arma en la nuca cuando se dobló. Pero ese fue el último al que pudo hacer probar el acero. Tres o cuatro hombres le agarraron de los brazos por detrás y alguien le golpeó con el pomo de la espada en la cabeza. Y, tras tantas emociones, Harley Pyke pudo al fin dormir.

Su destino ahora estaba en manos del Ahogado. Él ya había puesto de su parte todo lo que había podido.

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Re: Velas negras, aguas rojas.

Mensaje por Triston Farwynd el Mar Abr 23, 2013 5:56 am

¡SE ESTÁ HUNDIENDO! ¡¡MALDITA SEA, LA BASTARDA SE ESTÁ HUNDIENDO!! Solo alcanzaba a verla a lo lejos. Veía pequeñas hormigas cayendo al agua e intentando mantenerse a flote sobre los cuadraditos de manera a los que estaba quedando reducido el barco de Harley Pyke. ¡VIRAD HACIA EL NORTE! ¡¡VAMOS!! La batalla estaba prácticamente concluída y el enemigo estaba totalmente rodeado y a escasos minutos de caer definitivamente, por lo que la Amada Asha sería mucho más útil intentando recolectar a los marineros que se precipitaban desde La Bastarda.

Cuando llegaron a la zona en la que antes hubo un barco, el mar estaba cubierto de cuerpos, algunos inertes y otros debatiendose por sobrevivir a duras penas. LANZAD LAS CUERDAS. Mientras todos sus marineros lanzaban cabos e intentaban arrastrar casi en volandas a los marineros caídos al interior del barco, Triston se paseaba ansioso, a grandes zancadas y mirando a todas partes en busca de una cara conocida. Cada vez que un marinero subía al barco, le cogía la cara. No es él. Lo soltaba. Dadles mantas. Y seguid subiendo hombres. Seguid buscando marineros vivos. Aún tienen que quedar, VAMOS. Otro marinero. Tampoco es él. Otro. Tampoco. MIERDA. De repente, vio un muchacho de espaldas, con el pelo enmarrañado a la altura del hombro. Eh. Chico. Le dio la vuelta. Pero tampoco era. Mierda, mierda, mierda. MIERDA. Agarró al chico por los hombros y puso su cara a la altura de la de él, lo que hizo que pusiera cara de espanto mientras seguía tosiendo agua. ¿DÓNDE ESTA HARLEY PYKE? ¿DÓNDE COJONES ESTÁ?
C-ca-cayó al agua, m-mi señor. Cayó y no lo vi-vimos subir. Nadie lo ha visto en... No lo dejó terminar. Lo soltó y se fue dando zancazos hacia su segundo de abordo.

Creo que ya no quedan más hombres por subir, señor. Todos los que quedan están...
Vámonos de aquí. Tenemos que llegar a la isla. Tenemos que estar con el rey.
¿Han encontrado a Pyke?
Por un instante, se quedó en silencio. Vámonos.

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No podía dejar de pensar en Ryk. Su pequeño hijo bastardo siempre le había recordado a Harley. Pensar en qué sería de él cuando creciera no lo dejaba dormir, pero ver que, de un momento a otro, podría correr el mismo destino que el hijo del rey...

Se acercó al camarote de Harrald y se quedó plantado en la puerta. Apenas hacía unos instantes que habían cesado los golpes. Ya no le quedarían más cosas que romper, y probablemente estaría bebiéndose todo el alcohol que hubiera encontrado. No, esta no es la manera de afrontar un problema. Pero Triston no era desde luego la persona más indicada para decir eso. Llevaba 16 años ahogando en alcohol la pena por una esposa muerta, ¿cómo iba a decirle a nadie que no hiciera lo mismo por un hijo al que había perdido hacía escasos minutos?

Se dio media vuelta y se fue.

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Re: Velas negras, aguas rojas.

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